PROGRAMA DE LÍNEA || FLACSO, Sede Académica México

La constitución del tiempo histórico.

por Carlos N. Mora Duro

duu.carlos@gmail.com

Reseña de la conferencia “La postulación del pasado” dictada por el Dr. Ilán Semo, en FLACSO, el día 5 de julio de 2012.

Agustín dice que puede saberse lo que es el tiempo excepto cuando nos preguntamos qué es el tiempo. La aporía, entonces, manifiesta un conjunto variopinto de resoluciones sobre la experiencia del tiempo vivido y sobre su extensión. Ilán Semo nos invita a pensar la temporalidad de una manera fenomenológica partiendo del pasado, del cual afirma: «no es lo que ha sido, sino el ser de lo que ha sido». Esta definición esencial de su propuesta implica la consideración de dos planos del pasado: por un lado, el acontecido perse y, por el otro, la construcción en el presente de eso que fue. Una analogía bondadosa de esta relación es la de la muerte. A decir  del historiador, la muerte es un problema de los vivos y lo único significante de este fenómeno, ya que no tenemos noticias de aquellos que han muerto, es el ser de la muerte o «cómo la muerte es» para los que continuamos en vida.

Toda concepción de pasado supone, por tanto, una noción de tiempo; sin embargo, el tiempo, a diferencia de otros tópicos universales, no puede ser enmarcado fuera de su propia subjetivación: no hay tiempo perceptible. Semo rescata la delimitación de Norbert Elias sobre el tiempo: acontecimientos perceptibles cuya relación constituye una elaboración de percepciones que hacen hombres determinados, pero fuera de estas percepciones el tiempo no es por sí mismo. En este sentido, el historiador sugiere pensar el tiempo como la relación que se establece entre las representaciones del presente, el pasado y el futuro mediante dos órdenes: el de los conceptos y el de las representaciones: «tiempo es una forma en que figuramos la relación entre nuestras concepciones sobre el pasado, sobre el presente y sobre el futuro a través de dos operaciones: la operación narrativa y la operación conceptual».

Lo fundamental de la operación narrativa es que constituye representaciones que no están comprometidas con la oferta de verdad: la estética, el arte, el mundo moral y la configuración de mitos nacionales, por ejemplo. En contraste, los conceptos, en la segunda operación, reclaman un territorio: una proposición de validez. Son estas palabras las que producen a la sociedad y sin ellas no existiría: «no es que la sociedad produzca conceptos, son los conceptos los que producen la sociedad», asegura Semo. La noción para el acuerdo sobre el desacuerdo en la modernidad es una ilustración sine qua non de esta precedencia de los conceptos. El concepto, en esta dirección, es el sitio en el mundo de las representaciones que produce a la sociedad a través de la producción de significantes: derechos humanos, ley, Estado, religión, etcétera.

Bajo los argumentos anteriores, el tiempo histórico –el que Ricoeur sitúa simultáneamente con el polo del tiempo vivido y el tiempo cósmico– es, a decir de Semo, ese conjunto de narrativas con dos características básicas. Primero, es un tiempo territorializado, no por el pasado sino por el futuro, y para descubrir este primado hay que preguntarse ¿cómo una sociedad ve su futuro?; «porque en realidad las narrativas históricas son una proyección no del presente, sino de las ideas que una sociedad se hace sobre el futuro». Y, segundo, el pasado (el ser de lo que ha sido) tiene un «metabolismo» de retorno mediante sus conceptos. La revolución, por ejemplo, particularmente en México, ha sido un tópico que ha retornado de diversas maneras en la narrativa histórica: desde los testigos, desde los revisionistas, conjuntamente con la teoría marxista, de la mano de la historia de las luchas sociales y en las representaciones ideológicas del Estado, por nombrar algunas.

Así se constituye el tiempo histórico, a través de la territorialización del futuro y la pulsión de retorno. Sobre el primer asunto, Semo recomienda observar algunos puntos: a) el horizonte de expectativa, que nos describe las representaciones conmensurables del horizonte de espera: el juicio final que determinó el control del tiempo teológico en la sociedad europea; b) la prognosis, inaugurada por Maquiavelo en el siglo XVI con los informes de Nápoles y París o lo que también se ha llamado estudio de escenarios o futuros posibles; c) la constitución de un pasado como un territorio distinto del presente y del futuro, durante el siglo XVII y XVIII; d) la concepción de un futuro nuevo a partir de la Revolución Francesa: este futuro moderno es abierto porque se construye mediante la acción política; e) la duración, que sustituye el concepto de futuro de las filosofías de la historia y determina que cada objeto tiene su propia temporalidad: «una polisemia temporal»; y, d) el futuro en riesgo, que configura un pasado déjà vu, es decir, de desorientación o sisma intelectual.

Lo que entendemos sobre el pasado, de esta manera, debe vincularse con las representaciones de futuro de cualquier sociedad. La historia (el tiempo histórico) es un polo que relata, en efecto, las expectativas de la espera en la figuración de un ser que ya ha sido, aunque estas narraciones están lejos de ser homogéneas al interior de los sectores de la propia historiografía, en la producción de memoria popular e ideológica o en las refiguraciones más creativas del pasado desde el arte. Tal es, precisamente, la riqueza de este argumento: el abigarramiento que supone la persistencia de futuros heterogéneos, la lucha por el establecimiento de un horizonte hegemónico y la tensión entre memoria popular e historiografía.

Sobre el autor de la reseña

*Sociólogo por la Universidad Autónoma del Estado de México. Maestro en Ciencias Sociales por la FLACSO México. Trabaja actualmente sobre el tema de la experiencia del tiempo vivido y la representación del tiempo histórico, así como el fenómeno de la conmemoración. Sus intereses principales son: historia conceptual, historia de las ideas, teoría literaria, sociología cultural, retórica política y sociología de la religión.

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